La involución del perfume
Prólogo de Una Guía a Quemarropa II
El perfume, desde su universalidad, no es indispensable ni imperioso, aunque tampoco es un mero accesorio. Artefacto cultural, puente entre pasado y presente, víctima de modas y estilos cambiantes, el perfume es, sobre todo, emoción, memoria y una suerte de lenguaje ecuménico.
El uso del perfume, desde el antiguo Egipto hasta su expansión en Grecia, Roma, el mundo islámico y muchos países asiáticos —inicialmente en ceremonias religiosas y, más tarde, con fines cosméticos—, ha estado asociado, hasta no hace mucho tiempo, a la riqueza y al poder. Empleado por reyes para cubrir el hedor de sus cortes, pasó a ser, ya en la actualidad, un bien comercial de masas, sujeto al mercado y sus vaivenes. La influencia del perfume decreció tras la caída del Imperio romano, y no fue hasta el siglo XII, con el desarrollo del comercio internacional, cuando volvió a generar no poco interés. Retomó impulso en el Renacimiento, cuando Renato Bianco creó una fragancia especial para Catalina de Médici, y se consolidó en la Cour Parfumée de Luis XIV, quien convirtió a Francia en un referente en el mundo del perfume a partir del siglo XVII. Mientras que el siglo XVIII destaca por la creación del agua de colonia, el XIX lo hace por los avances tecnológicos y la aparición de las primeras moléculas de síntesis. Y aunque la historia del perfume ha estado siempre marcada por un progreso constante y por la innovación, el acelerado crecimiento de la industria en los últimos sesenta años —desde la aparición del cromatógrafo de gases en el mercado hasta la pérdida de identidad del sector nicho y la reciente alteración causada por la implicación de la inteligencia artificial en la creación del perfume, que amenaza directamente su proceso creativo— ha hecho que su intención y pretexto, así como la sensibilidad y sensatez de sus hacedores, mengüen peligrosamente.
Preámbulo a la contemporaneidad.
La cara moderna de la perfumería está definida por conceptos contradictorios —aprendizaje y autodidactismo, originalidad, abstracción, artesanía y formación; más repetición, una pulsión genérica, y la industrialización de los procesos— que se entremezclan y luchan entre sí para determinar si el resultado del mecanismo de creación es o no una forma de arte.
La perfumería debería ser investigada, experimentada, sostenible, cuidada y honesta. Y más de autor.
Practicando el funambulismo sobre el abismo más profundo.
En un mercado cuantificado, mayormente, en cumplidos, potencia y longevidad, ¿cuál es la línea que separa un buen perfume de uno malo?
Lejos de falsos mitos y creencias absurdas, un buen perfume, aparte de poseer una fórmula equilibrada, debe hacer sentir. Tal como el viento al deslizarse entre los dedos; aquel vuelco inesperado en el corazón, invocado por el sentimiento y la emoción. Al perseguir su estela o la validación externa, el perfume pierde su esencia. Deviene en algo aburrido, estéril y baldío, ayuno de cualquier mensaje.
Ya no hacen publicidad como la de antes.
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| Imagen de Classic Perfume Advertising 1920 - 1970 de Jacqueline Johnson |
“The kind of guy who uses it doesn´t need it.” (El tipo de hombre que lo usa no lo necesita.)
¿Os acordáis de los anuncios de perfumes? Esas pausas publicitarias que interrumpían nuestras series o películas durante varios minutos para vendernos “visualmente” una fragancia. Con guiones (mayormente) disparatados, esos seres perfectos— como llegados de otro mundo, con su pelo reluciente, cara de porcelana y con una sonrisa que sonrojaba, levitando sobre la arena, bañándose en rayos del sol en un yate o sobrevolando grandes ciudades, —eran capaces de vendernos cualquier producto. No olvidemos las revistas y los libros de culto, repletos de imágenes como traducción de la fragancia al ámbito visual, que, por suerte (y de momento), siguen siendo una parte importante del contexto y la cultura de la perfumería. Aunque, es un arte que se está perdiendo. Ya no está permitido soñar.
En el presente, el equilibrio de poder ha cambiado porque el consumidor ya no confía (directamente) en las marcas. Ni en sus anuncios con caras conocidas que en cuestión de meses caerán en el olvido. No quiere ser objeto de estrategias de marketing, quiere ser (indirectamente) influido por (la multitud de) histriones que han acaparado las redes sociales, usando la conexión con su público y la confianza de este como moneda de cambio. La llaman autenticidad.
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Pero cuando hay un contrato o un regalo de por medio y un guion (frecuentemente regurgitado por chatgpt), la sinceridad abandona el espacio y la línea entre la verdad y la publicidad puede volverse difusa. Se llama tergiversación.
La infantilización de la fragancia, desde la narrativa hasta su huella olfativa.
Hemos pasado de fragancias con carácter, de cueros peludos, ciprés que desnudan de cualquier prejuicio, florales bombásticos y limpios con olor a cielo, a lucha libre en sirope, caramelo o golosinas. O cereza, o almendra empolvada; on repeat.
Desde los perfumes que han escrito la historia de la perfumería a fragancias repetitivas que sobresalen como buitres tras su caza, con sus baratas y caricaturescas jaulas de plástico, que evitan oler bien y se empeñan a oler estrepitosamente dulce. Como una vuelta a la infancia, a la inocencia, despojados de madurez y cultura, decimos gourmand y se nos cae la baba. Porque siempre hemos soñado con ser una tarta andante. La guinda del pastel.
¿Dónde está la estimulación intelectual y el buen gusto? La gente ha dejado de leer a favor de alimentarse la mente con humos vendidos online. Oler a través de la pantalla es posible sin siquiera haberse inventado todavía. Ah, espera, se llama compra a ciegas! Brainwash.
Dejar huella.
A veces, me he sumergido tanto en un perfume que, más de una vez, he sentido el fuerte deseo de levantar la nariz, aunque solo sea para comprobar si todavía existe una franja de aire fresco por encima mi. Se experimenta a menudo una sensación de malestar, de mareo, de vértigo, de la que no se logra librar del todo.
La turbulenta memoria que dejamos como herencia a nuestros descendientes, captada en una época de convulsión. Las fragancias se adaptan a sus tiempos, haciéndonos añorar los tiempos pasados, porque la memoria es una cosa curiosa y muy selectiva. Y muchas veces, influida.
¿Pasará lo mismo con las futuras generaciones? O, al igual que a nosotros, ¿se les olvidará que casi nos cargamos el estrato de ozono?
Trepar.
La perfumería actual se vislumbra como la hiedra creciendo desde los bordes más oscuros de un pozo, sin tener nunca la certeza de que llegará a la superficie. Sin embargo, siguiendo cada uno de sus nuevos brotes, observando unas hojas que al principio son frágiles pero decididas y con una única dirección: abrirse paso hasta la superficie.
Espero que vean la luz. Y que encuentren el hilo conductor.



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